domingo, 14 de julio de 2013

SECTARISMOS




Al verlo, le dio lástima y se acercó.


Reflexión inspirada en el Evangelio según san Lucas 10, 25-37

No siempre somos conscientes de los rechazos, desprecios y condenas que alimentamos dentro de nosotros a causa de prejuicios heredados del pasado o construidos por nosotros mismos. Sin embargo, son esos prejuicios “institucionalizados” los que modelan con frecuencia nuestra manera de sentir, de pensar y de comportarnos con otros grupos que no son el nuestro.

En todas las culturas, antiguas o modernas, el ser humano trata de afirmar su pertenencia al propio grupo social, político o religioso poniendo límites frente a los otros. Levantamos fronteras para marcar las diferencias y asegurar nuestra propia identidad.

Lo grave es que, con frecuencia, tendemos a considerar como “inferiores” a quienes son diferentes y no pertenecen a nuestra raza, nación, religión o partido. No sólo es eso. La “lealtad” al propio grupo nos puede conducir a una hostilidad o rechazo que nos pasa desapercibido, pero que forma parte de nuestro ser. Cuando esto sucede, desaparece la mirada amistosa y compasiva con la que un ser humano ha de mirar a otro.

La parábola del buen samaritano es un desafío del sectarismo que envenena nuestras relaciones. El hombre caído en el camino ve acongojado cómo se desentienden de él aquellos de los que podía esperar ayuda: los “suyos”, los representantes de su religión, los de su pueblo. Cuando se acerca un samaritano, enemigo proverbial de Israel, sólo puede esperar lo peor. Es él, sin embargo, quien se acerca, lo mira con compasión y lo salva.

Este hombre es capaz de reaccionar contra prejuicios seculares y ser “desleal” a su propio pueblo para identificarse con un ser humano que sufre y necesita ayuda. El mensaje de Jesús es claro. No ha de ser el propio grupo, la propia religión o el propio pueblo los que nos indiquen a quién amar y a quién odiar, a quién acercarnos o a quién ignorar. El amor según el evangelio exige lealtad, no al propio grupo, sino al ser humano que sufre aunque no comparta nuestra identidad. La parábola es revolucionaria: ¿Para qué sirve una religión si no es capaz de romper los sectarismos y crear fraternidad?








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