domingo, 29 de abril de 2018

DOGMAS PROGRESISTAS




Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 15,1-8
Si permanecen en mí.

Alguien tendrá que estudiar un día con rigor qué significa ser progresista, pues pocos términos son utilizados hoy de manera más ligera y equívoca. El progresismo se ha convertido en una especie de “mito” dentro del cual cabe todo, con tal de que uno defienda lo último que va imponiendo la moda social.

Progresar significa “avanzar hacia adelante”, pero ¿en qué dirección? ¿Es progresista destruir los valores sobre los que se fundamenta la dignidad humana? ¿Es un progreso caminar hacia un estilo de vida egoísta e insolidario, tan viejo como la humanidad misma?

No hemos de olvidar que se puede caminar hacia atrás y cambiar a peor. Y entonces, lo más progresista no es sintonizar con los retrocesos de la sociedad, sino “permanecer” fiel a lo que hace progresar al hombre en dignidad y convivencia justa y solidaria.

Desde aquí hemos de entender la invitación de Jesús a “permanecer” en él y a que sus palabras “permanezcan” en nosotros. En su última Carta Pastoral, los Obispos nos recordaban algunas convicciones inquebrantables que no hemos de abandonar si queremos permanecer en la verdad. Resumo brevemente las más importantes.

No es verdad que la ciencia haya probado que la fe en Dios esté ya superada y condenada, por tanto, a desaparecer inexorablemente. La ciencia es impotente para afirmar o negar la existencia de Dios. Decir lo contrario es una mentira que ninguna persona progresista debería utilizar para engañar a nadie.

No es cierto que hay que eliminar a Dios para liberar al hombre y devolverle su dignidad perdida. Al contrario, quien vive una relación sana con Dios descubre en la fe la energía más estimulante para crecer como hombre libre y liberador. Quien diga otra cosa, no sabe de qué habla o está simplemente condenando “caricaturas” de fe.

Es un engaño destruir, en base a una supuesta modernidad, valores éticos imprescindibles para salvar al hombre. Al contrario, corremos el riesgo de sacrificar al hombre en aras de un progreso superficial y falso que va minando las bases que sostienen la dignidad del ser humano. No querer advertirlo es cerrar los ojos a la verdad.

Es una grave mutilación de la persona fijarle como objetivo único de su vida el disfrute del máximo placer en cada momento o situación. El placer es necesario y positivo, pero no ha de ocupar el primer puesto. El amor y la solidaridad exigen, muchas veces, diferir el placer o, incluso, renunciar a él. Quien no lo reconoce así, no conoce todavía el secreto último de la existencia.

Es una gravísima equivocación valorar al hombre por lo que tiene y no por lo que es. El afán de poseer siempre más y más, termina por esclavizar y degradar a la persona. El ser humano es más grande que todas las cosas y vale por lo que es, no por lo que gana y posee. Quien no lo entiende así, equivoca su trayectoria en la vida.




domingo, 22 de abril de 2018

UNO QUE CAMINA CON NOSOTROS




Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 10, 11-18 

El símbolo de Jesús como pastor bueno produce hoy en algunos cristianos cierta incomodidad. No queremos ser tratados como ovejas de un rebaño. No necesitamos a nadie que gobierne y controle nuestra vida. Queremos ser respetados. No necesitamos de ningún pastor.

No sentían así los primeros cristianos. La figura de Jesús buen pastor se convirtió muy pronto en la imagen más querida de Jesús. Ya en las catacumbas de Roma se le representa cargando sobre sus hombros a la oveja perdida. Nadie está pensando en Jesús como un pastor autoritario dedicado a vigilar y controlar a sus seguidores, sino como un pastor bueno que cuida de ellas.

El "pastor bueno" se preocupa de sus ovejas. Es su primer rasgo. No las abandona nunca. No las olvida. Vive pendiente de ellas. Está siempre atento a las más débiles o enfermas. No es como el pastor mercenario que, cuando ve algún peligro, huye para salvar su vida abandonando al rebaño. No le importan las ovejas.

Jesús había dejado un recuerdo imborrable. Los relatos transmitidos por sus discípulos y compañeros lo describen preocupado por los enfermos, los marginados, los pequeños, los más indefensos y olvidados, los más perdidos. No parece preocuparse de sí mismo. Siempre se le ve pensando en los demás. Le importan sobre todo los más desvalidos.

Pero hay algo más. "El pastor bueno da la vida por sus ovejas". Es el segundo rasgo. Hasta cinco veces repite el evangelio de Juan este lenguaje. El amor de Jesús a la gente no tiene límites. Ama a los demás más que a sí mismo. Ama a todos con amor de buen pastor que no huye ante el peligro sino que da su vida por salvar al rebaño.

Por eso, la imagen de Jesús, "pastor bueno", se convirtió muy pronto en un mensaje de consuelo y confianza para sus seguidores. Los cristianos aprendieron a dirigirse a Jesús con palabras tomadas del salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta... aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida".

Los cristianos vivimos con frecuencia una relación bastante pobre con Jesús. Necesitamos conocer una experiencia más viva y entrañable. No creemos que él cuida de nosotros. Se nos olvida que podemos acudir a él cuando nos sentimos cansados y sin fuerzas o perdidos y desorientados.

Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, confesado solo de manera doctrinal, un Jesús lejano cuya voz no se escucha bien en las comunidades..., corre el riesgo de olvidar a su Pastor. Pero, ¿quién cuidará a la Iglesia si no es su Pastor?


domingo, 15 de abril de 2018

ELOGIO DE LA RISA



Reflexión inspirada en el evangelio según san Lucas 24, 35-48

… no acababan de creer por la alegría.

Reír es propio de los seres humanos. Ninguna otra criatura se ríe. La risa es la manifestación más expresiva de la alegría interior. Algo que le nace de modo natural a quien vive disfrutando de la vida. Junto con la sonrisa, puede manifestar el gozo y la jovialidad de quien vive en paz consigo mismo, con los demás y con Dios.

La risa ha estado, sin embargo, muchas veces bajo sospecha entre los cristianos. Reír era considerado, en algunas tradiciones ascéticas, poco digno de la seriedad y gravedad que ha de caracterizar a quien se relaciona con Dios (¡). Una manifestación excesivamente mundana, más propia de personas de vida relajada que de cristianos de fe madura. Sin embargo, siempre han quedado los exegetas sorprendidos de la frecuencia con que la Biblia alude a la alegría en todos sus matices de gozo, paz interior, exultación o júbilo.

Naturalmente hay muchos tipos de risa. Todos conocemos la risa irónica y burlona que pone al otro en ridículo, la risa sarcástica que hace daño, o la vengativa que hiere y destruye. La risa sana es diferente. Nace de la alegría interior, relaja las tensiones y favorece la libertad. Es risa benevolente que aproxima a las personas, crea confianza y ayuda a vivir. Según S. Freud, el humor es un «elemento liberador».

Hay también una risa propia del creyente. Nace como respuesta gozosa al amor de Dios. Brota de la confianza total y expresa compasión y cariño hacia toda criatura. P. Berger la llama «risa redentora» (La risa redentora. La dimensión cómica de la experiencia humana. Kairos, Barcelona 1999). Esta risa hace la vida más saludable y llevadera. Es una victoria sobre el malhumor, la impaciencia o el desaliento. No se ríen los fanáticos, los intolerantes o amargados. Se ríen los que se enfrentan a la vida de manera sana y liberada.

Pascua ha sido desde antiguo un tiempo de gozo intenso. Tertuliano lo llamaba «laetissimum spatium», un espacio de tiempo lleno de inmensa alegría. Dos palabras resumen el clima que el Resucitado crea con su presencia: gozo y paz. En el evangelio de Lucas se llega a decir que los discípulos «no acaban de creer por la alegría». Una de dos: o el cristianismo es demasiado grande y hermoso para ser creído o hemos de escuchar la invitación paulina: «Estén siempre alegres en el Señor. Se lo repito: estén alegres. El Señor está cerca» (Flp 4, 4-5).


domingo, 8 de abril de 2018

DOMINGO 2º DE PASCUA DÍA DE LA MISERICORDIA


LA PAZ

Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 20, 19-31

Paz a ustedes.

El máximo deseo del resucitado para todos los hombres es la paz. Ese es el saludo que sale siempre de sus labios: «la paz con ustedes».

La vida de los seres humanos está hecha de conflictos. La historia de los pueblos es una historia de enfrentamientos y guerras. La convivencia diaria está salpicada de agresividad.

La gran opción que hemos de hacer para superar los conflictos es la de escoger entre los caminos del diálogo, la razón y el mutuo entendimiento o los caminos de la violencia.

El hombre ha escogido casi siempre este segundo camino. A lo largo de los siglos ha podido experimentar una y otra vez el sufrimiento y la destrucción que se encierra en la violencia. Pero, a pesar de ello, no ha sabido renunciar a ella. Y ni siquiera hoy que siente la amenaza de la destrucción y el aniquilamiento local, parece capaz de detenerse en este camino.

Jesús resucitado nos invita a buscar otros caminos. Hemos de creer más en la eficacia del diálogo pacífico que en la violencia destructora. Hemos de confiar más en los procedimientos humanos y racionales que en las acciones bélicas. Hemos de buscar la humanización de los conflictos y no su agudización.

Nos hemos acostumbrado demasiado a la violencia, sin reparar en los daños actuales que produce y en el deterioro que introduce para el futuro de nuestra convivencia.

Aun los que justifican la violencia, tienen que reconocer que la violencia es un mal. La violencia daña al que la padece y al que la produce. La violencia mata, golpea, aprisiona, secuestra, manipula las mentes y los sentimientos, deforma los criterios morales, siembra la división y el odio.

La violencia nos deshumaniza. Busca imponerse, dominar y vencer, aunque sea atentando contra los derechos de las personas y los pueblos. Los hombres no tenemos la vocación de vivir haciéndonos daños unos a otros.

El que vive animado por el resucitado busca la paz. Y busca la paz no solamente como un objetivo final a alcanzar, sino como que busca la paz ahora mismo, utilizando procedimientos pacíficos, caminos de diálogo y negociación.

El seguidor de Jesús no busca sólo resolver a cualquier precio los conflictos. Busca también humanizarlos. Lucha por la justicia, pero lo hace sin introducir nuevas injusticias y nuevas violencias.

domingo, 1 de abril de 2018

PASCUA DE RESURRECCIÓN



JESÚS TENÍA RAZÓN

Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 20, 1-9

¿Qué sentimos los seguidores de Jesús cuando nos atrevemos a creer de verdad que Dios ha resucitado a Jesús? ¿Qué vivimos mientras seguimos caminando tras sus pasos? ¿Cómo nos comunicamos con él cuando lo experimentamos lleno de vida?

Jesús resucitado, tenías razón. Es verdad cuanto nos has dicho de Dios. Ahora sabemos que es un Padre fiel, digno de toda confianza. Un Dios que nos ama más allá de la muerte. Le seguiremos llamando "Padre" con más fe que nunca, como tú nos enseñaste. Sabemos que no nos defraudará.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios es amigo de la vida. Ahora empezamos a entender mejor tu pasión por una vida más sana, justa y dichosa para todos. Ahora comprendemos por qué anteponías la salud de los enfermos a cualquier norma o tradición religiosa. Siguiendo tus pasos, viviremos curando la vida y aliviando el sufrimiento. Pondremos siempre la religión al servicio de las personas.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios hace justicia a las víctimas inocentes: hace triunfar la vida sobre la muerte, el bien sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre el odio. Seguiremos luchando contra el mal, la mentira y el odio. Buscaremos siempre el reino de ese Dios y su justicia. Sabemos que es lo primero que el Padre quiere de nosotros.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora sabemos que Dios se identifica con los crucificados, nunca con los verdugos. Empezamos a entender por qué estabas siempre con los dolientes y por qué defendías tanto a los pobres, los hambrientos y despreciados. Defenderemos a los más débiles y vulnerables, a los maltratados por la sociedad y olvidados por la religión. En adelante, escucharemos mejor tu llamada a ser compasivos como el Padre del cielo.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora empezamos a entender un poco tus palabras más duras y extrañas. Comenzamos a intuir que el que pierda su vida por ti y por tu Evangelio, la va a salvar. Ahora comprendemos por qué nos invitas a seguirte hasta el final cargando cada día con la cruz. Seguiremos sufriendo un poco por ti y por tu Evangelio, pero muy pronto compartiremos contigo el abrazo del Padre.

Jesús resucitado, tenías razón. Ahora estás vivo para siempre y te haces presente en medio de nosotros cuando nos reunimos dos o tres en tu nombre. Ahora sabemos que no estamos solos, que tú nos acompañas mientras caminamos hacia el Padre. Escucharemos tu voz cuando leamos tu evangelio. Nos alimentaremos de ti cuando celebremos tu Cena. Estarás con nosotros hasta el final de los tiempos.