domingo, 25 de marzo de 2018

UNA SEMANA SANTA


CON LOS CRUCIFICADOS

Reflexión inspirada en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14, 1-15, 47

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Siria, sufre con los asesinados y torturados de Sudán, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercarnos un poco más a los crucificados, semana tras semana.




domingo, 18 de marzo de 2018

UNA PERSONA QUE ATRAE



EL ATRACTIVO DE JESÚS

Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 12,20-33 
Unos peregrinos griegos que han venido a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». No es curiosidad. Es un deseo profundo de conocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos les puede hacer bien.

A Jesús se le ve preocupado. Dentro de unos días será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos griegos, pronuncia unas palabras desconcertantes: «Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Cuando sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.

Probablemente nadie le ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué es lo que se esconde en el crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.

El amor es invisible. Sólo lo podemos ver en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, sólo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida?


domingo, 11 de marzo de 2018

ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR




Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 3, 14-21
que tengan vida eterna.

Son muchos los observadores que, durante estos últimos años, vienen detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de «una pérdida de amor a la vida».

Se ha hablado, por ejemplo, del «síndrome de la pasividad» como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial (E. Fromm). Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento.

Individuos dispuestos a ser alimentados, pero sin capacidad alguna de creatividad personal propia. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo. Seres que funcionan por inercia, movidos por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.

Otro síntoma grave es el aburrimiento creciente en las sociedades modernas. La industria de la diversión y el ocio (TV, cine, sala de fiestas, conferencias, viajes...) consigue que el aburrimiento sea menos consciente, pero no logra suprimirlo.

En muchos individuos sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, el mal sabor de lo artificial, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.

Otro signo es «el endurecimiento del corazón». Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.

Y, sin embargo, los hombres estamos hechos para vivir y vivir intensamente. Y en esta misma sociedad se puede observar la reacción de muchos hombres y mujeres que buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para «sobrevivir».

Pero el hombre necesita algo más que «sobrevivir». Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica.

No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es «tener vida eterna», es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.

Hemos olvidado a ese Dios cercano a cada hombre concreto, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre.

Y, sin embargo, ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.

domingo, 4 de marzo de 2018

SIN SITIO PARA DIOS




Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 2, 13-25

El celo de tu casa me devora.
Cada vez son más los que toman nota de ese dato que ponía de relieve hace unos años P. Richard: Dios está presente en los pueblos pobres y marginados de la Tierra, y se está ocultando lentamente en los pueblos ricos y poderosos. Los países del Tercer Mundo son pobres en poder, dinero y tecnología, pero son más ricos en humanidad y espiritualidad que las sociedades que los marginan.

Tal vez, el viejo relato de Jesús expulsando del Templo a los mercaderes nos pone sobre la pista (no la única) que puede explicar el porqué de este ocultamiento de Dios precisamente en la sociedad del progreso y del bienestar. El contenido esencial de la escena evangélica se puede resumir así: allí donde se busca el propio beneficio no hay sitio para un Dios que es Padre de todos los hombres.

Cuando Jesús llega a Jerusalén no encuentra gente que busca a Dios, sino comercio. El mismo Templo se ha convertido en un gran mercado. Todo se compra y se vende. La religión sigue funcionando, pero nadie escucha a Dios. Su voz queda silenciada por el culto al dinero. Lo único que interesa es el propio beneficio.

Según el evangelista, Jesús actúa movido por «el celo de la casa de Dios». El término griego significa ardor, pasión. Jesús es un «apasionado» por la causa del verdadero Dios y, cuando ve que está siendo desfigurado por intereses económicos, reacciona con pasión denunciando esa religión equivocada e hipócrita.

La actuación de Jesús recuerda las terribles condenas pronunciadas en el pasado por los profetas de Israel. Sólo citaré las palabras que Isaías pone en boca de Dios: «Estoy harto de holocaustos... No me traigáis más dones vacíos ni incienso execrable... Yo detesto vuestras solemnidades y fiestas; se me han vuelto una carga que no soporto. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien. Buscad la justicia, levantad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid» (Isaías 1, 11-18).

No es extraño que en la «Europa de los mercaderes» se hable hoy de «crisis de Dios» y Chile no está lejos. Allí donde se busca la propia ventaja o ganancia sin tener en cuenta el sufrimiento de los necesitados, no hay sitio para el verdadero Dios. Allí el anhelo de la trascendencia se apaga y las exigencias del amor se olvidan. Las regiones del mundo donde la crisis de Dios está ya generando una profunda crisis del hombre, necesita escuchar un mensaje claro y apasionado: «Quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Juan 3, 1).


domingo, 25 de febrero de 2018

DONDE APOYARNOS



Reflexión inspirada en el evangelio según san Marcos 9, 2-10

Este es mi Hijo amado. Escúchenlo.

El teólogo alemán H. Zahrnt estudia en uno de sus libros (La búsqueda de Dios. Diálogo teológico entre fe e indiferencia, 1989) tres momentos culturales en la historia de Occidente. A finales de la civilización antigua, la sociedad estaba angustiada por la fatalidad de la muerte: «quién me podrá liberar de mi destino mortal?» Al terminar la Edad Media, las gentes vivían atormentadas, sobre todo, por el pecado y la condenación eterna: « ¿lograré alcanzar la salvación? » Hoy, cuando el segundo milenio llega a su fin, el hombre moderno aparece turbado, sobre todo, por el vacío y el sinsentido de la existencia: «qué sentido puedo darle a mi vida?».  

Ciertamente, también hoy preocupan la culpa y la muerte, pero no constituyen el primer problema de la persona mientras recorre su vida. Ya no inquietan como en el pasado el perdón del pecado o la salvación eterna. Lo que el hombre de hoy anhela es vivir de manera plena y dichosa. Pero, ¿qué ha de hacer la humanidad para orientarse hacia la felicidad verdadera?, ¿en qué se puede apoyar?

De la vida se puede decir lo mismo que de una casa: los cimientos son más importantes que el edificio. No basta construir el «edificio de la existencia» asegurando el alimento, la salud, el desarrollo o el bienestar. Por mucho que cuidemos todo esto (y hay que hacerlo), nuestra existencia no tendrá estabilidad si está construida sobre arena.

La vida necesita de un «fundamento sólido» para tener consistencia, pero el ser humano no puede sustentarse a sí mismo. Necesita confiar en «algo» que no es él mismo. Ese «fundamento seguro» no puede la persona dárselo a sí misma. Lo ha de buscar para apoyarse en él.

En esta sociedad pluralista se nos hacen llamadas a sustentar nuestras vidas en los más variados fundamentos: bienestar, prestigio social, calidad de vida, progreso, placer. Cada hombre y cada mujer ha de decidir sobre qué fundamenta su existencia con todo el riesgo y la incertidumbre que esto lleva consigo. Desde el evangelio se nos hace una llamada clara a construir nuestra vida apoyándonos en Jesucristo como verdadero salvador. Así dice la voz que resuena en lo alto del Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escúchenlo. » Y, cuando los discípulos caen por tierra asustados, el mismo Jesús los reconforta: «No tengan miedo.»

No hemos de tener miedo. Lo propio de la fe cristiana consiste en fundamentar la existencia en Jesucristo. Él es el salvador no sólo de la muerte, también de la vida. Él es el salvador no sólo del pecado, también del absurdo de una vida vivida sin sentido profundo alguno. Él es el camino, la verdad y la vida. El que lo ha encontrado, lo sabe.


domingo, 18 de febrero de 2018

CONVERTIRSE HACE BIEN


DOMINGO 1º DE CUARESMA


Reflexión inspirada en el evangelio según San Marcos 1,12-15
  
Conviértanse y crean la Buena Noticia.

La llamada a la conversión evoca casi siempre en nosotros el recuerdo del esfuerzo exigente y el desgarrón propio de todo trabajo de renovación y purificación. Sin embargo, las palabras de Jesús: «Conviértanse y crean en la Buena Noticia», nos invitan a descubrir la conversión como paso a una vida más plena y gratificante.

El evangelio de Jesús nos viene a decir algo que nunca hemos de olvidar: «Es bueno convertirse. Nos hace bien. Nos permite experimentar un modo nuevo de vivir, más sano, más gozoso». Alguno se preguntará: Pero, ¿cómo vivir esa experiencia?, ¿qué pasos dar?

Lo primero es pararse. No tener miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos para hacemos las preguntas importantes de la vida: ¿Quién soy yo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Es esto lo único que quiero vivir?

Este encuentro con uno mismo exige sinceridad. Lo importante es no seguir engañándose por más tiempo. Buscar la verdad de lo que estamos viviendo. No empeñarnos en ocultar lo que somos y en parecer lo que no somos.

Es fácil que experimentemos entonces el vacío y la mediocridad. Aparecen ante nosotros actuaciones y posturas que están arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo, deseamos vivir algo mejor y más gozoso.

Descubrir cómo estamos dañando nuestra vida no tiene por qué hundimos en el pesimismo o la desesperanza. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos dignifica y nos ayuda a recuperar la autoestima personal. No todo es malo y ruin en nosotros. Dentro de cada uno está operando siempre una fuerza que nos atrae y empuja hacia el bien, el amor y la bondad.

La conversión nos exigirá, sin duda, introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar. Pero la conversión no consiste en esos cambios. Ella misma es el cambio. Convertirse es cambiar el corazón, adoptar una postura nueva en la vida, tomar una dirección más sana.

Todos, creyentes y no creyentes, pueden dar los pasos hasta aquí evocados. La suerte del creyente es poder vivir esta experiencia abriéndose confiadamente a Dios. Un Dios que se interesa por mí más que yo mismo, para resolver no mis problemas sino «el problema», esa vida mía mediocre y fallida que parece no tener solución. Un Dios que me entiende, me espera, me perdona y quiere verme vivir de manera más plena, gozosa y gratificante.

Por eso el creyente vive su conversión invocando a Dios con las palabras del salmista: «Ten misericordia de mí, oh Dios según tu bondad. Lávame a fondo de mi culpa, limpia mi pecado. Crea en mí un corazón limpio. Renuévame por dentro. Devuélveme la alegría de tu salvación» (Salmo 50). La Cuaresma puede ser un tiempo decisivo para iniciar una vida




domingo, 11 de febrero de 2018

SENTIMIENTOS DE CULPA



Reflexión inspirada en el evangelio según san Marcos 1, 40-45

Si quieres, puedes limpiarme.

No hace falta haber leído mucho a Freud para comprobar cómo una falsa exaltación de la culpa ha invadido, coloreado y, muchas veces, pervertido la experiencia religiosa de no pocos creyentes. Basta nombrarles a Dios para que lo asocien inmediatamente a sentimientos de culpa, remordimiento y temor a castigos eternos. El recuerdo de Dios les hace sentirse mal.

Les parece que Dios está siempre ahí para recordarnos nuestra indignidad. No puede uno presentarse ante él si no se humilla antes a sí mismo. Es el paso obligado. Estas personas solo se sienten seguras ante Dios repitiendo incesantemente el «mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa».

Esta forma de vivir ante Dios es equivocada. Esa «culpa persecutoria», además de ser estéril, puede destruir a la persona. El individuo fácilmente termina centrándolo todo en su culpa. Es este sentimiento el que moviliza toda su vida religiosa, sus plegarias, ritos y sacrificios. Una tristeza y un malestar secreto se instalan entonces en el centro de su religión. No es extraño que personas que han tenido una experiencia tan negativa, un día lo abandonen todo.

Sin embargo, no es ése el camino más acertado. Es una equivocación eliminar de nosotros el sentimiento de culpa. C. G. Jung y Castilla del Pino, entre otros, nos han advertido de los peligros que encierra la negación de la culpa. Vivir «sin culpa» sería vivir desorientado en el mundo de los valores. El individuo que no sabe registrar el daño que está haciéndose a sí mismo o a los demás, nunca se transformará ni crecerá como persona.

Hay un sentimiento de culpa que es necesario para construir la vida porque introduce una autocrítica sana y fecunda, pone en marcha una dinámica de transformación y cambio, y conduce a vivir más y mejor.

Como siempre, lo importante es saber en qué Dios cree uno. Si Dios es un ser exigente y siempre insatisfecho, al que nada se le escapa y que lo controla todo con ojos de juez vigilante, la fe en ese Dios generará angustia e impotencia ante la perfección nunca lograda. Si Dios, por el contrario, es el Dios vivo de Jesucristo, el amigo de la vida y aliado de la felicidad humana, la fe en ese Dios engendrará un sentimiento de culpa sano y sanador, que impulsa a vivir de forma más digna y responsable.


La oración del leproso a Jesús puede ser ejemplo de la invocación confiada a Dios desde la experiencia de culpa: «Si quieres, puedes limpiarme.» Una oración de este estilo es reconocimiento de la culpa, pero es también confianza en la misericordia de Dios y deseo de transformar la vida.

Mensaje del Papa Francisco en ocasión de la Cuaresma 2018. by Santuario Jesus Nazareno on Scribd