domingo, 15 de junio de 2014

LA DANZA DE DIOS



“Que tengan vida eterna...”


Reflexión inspirada en el evangelio según san Juan 3, 16-18

No creo equivocarme mucho al pensar que bastantes arrinconan a Dios porque lo encuentran triste y aburrido. Más de un joven repetiría hoy en el fondo de su alma las conocidas palabras de F. Nietzsche: «Yo creería únicamente en un Dios que supiera bailar».

Lo que probablemente desconocía Nietzsche y desconocen los jóvenes de hoy es que, hace ya bastantes siglos, teólogos cristianos intuyeron a Dios como «danza gozosa de amor».

Concretamente, para expresar la comunión de vida y la expansión de amor y ternura que acontece en el Dios trinitario, los Padres griegos acuñaron un término técnico, «pericoresis», que evoca la danza de la Trinidad.

La «pericoresis» trata de sugerir el movimiento eterno de amor con el que vibran las personas divinas, la vida que circula entre ellas, el abrazo de amor en el que se entrelazan.

En la Trinidad todo es fiesta de amor, coreografía divina de belleza y júbilo transparente, comunicación gozosa de vida. Con razón decía el gran teólogo suizo K. Barth: «La Trinidad de Dios es el misterio de su belleza. Negarla es tener un Dios sin resplandor, sin alegría (¡y sin humor!), un Dios sin belleza».

Ninguna filosofía ni religión ha tenido jamás la idea de «introducir » el diálogo amoroso, la danza armoniosa, el abrazo cariñoso en Dios.

Entre ese misterio insondable de la Trinidad y nuestra vida cotidiana, penetrada toda ella, lo confesemos o no, por el deseo de amar y ser amados, hay un parentesco profundo. Somos «imagen de Dios». Estructurados desde lo más hondo de nuestro ser por la vida de la Trinidad. Llamados a ser vestigio humilde pero real de ese amor infinito.

En el fondo de toda ternura, en el interior de todo encuentro amistoso, en la solidaridad desinteresada, en el deseo último enraizado en la sexualidad humana, en la entraña de todo amor, siempre vibra el amor infinito de Dios.

Por eso, la vida del ser humano no tiene sentido sin amor. Para el hombre o la mujer, vivir significa dar, acoger y compartir vida. Vivir, en último término, es entrar en esa danza misteriosa de Dios y dejar circular su vida en nosotros.


Siempre que tratamos de encerrar a Dios en imágenes y conceptos que no pueden reflejar su «danza trinitaria», estamos desfigurando a Dios. Siempre que vivimos sin que se pueda percibir en nuestra vida el sabor y la alegría de Dios, estamos destruyendo en nosotros su imagen. 



Boletín dominical de la Diócesis de Punta Arenas - Chile







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