miércoles, 8 de enero de 2014
domingo, 29 de diciembre de 2013
UNA FAMILIA DE EXILIADOS
Reflexión inspirada en el evangelio
según san Mateo 2,13-15.19-23
Coge al niño y a su madre y huye a
Egipto.
Según el relato de Mateo, la
familia de Jesús ha vivido la experiencia trágica de los refugiados, obligados
a huir de su hogar para buscar asilo en un país extraño. Con el nacimiento de
Jesús no ha llegado a su casa la paz. Al contrario, enseguida se han visto
envueltos por toda clase de amenazas, intrigas y penalidades.
Todo comienza cuando saben que
Herodes busca al niño para acabar con él. Como sucede tantas veces, bajo el
aparente bienestar de aquel reinado poderoso, perfectamente organizado, se
esconde no poca violencia y crueldad. La familia de Jesús busca refugio en la
provincia romana de Egipto, fuera del control de Herodes, asilo bien conocido
por quienes huían de su persecución. De noche, de manera precipitada y
angustiosa, comienza su odisea.
Por un momento, parece que podrán
disfrutar de paz pues «han muerto los que atentaban contra el niño». La familia
vuelve a Judea, pero se enteran de que allí reina Arquelao, conocido por su
"crueldad y tiranía", según el historiador Flavio Josefo. De nuevo,
la angustia, la incertidumbre y la huida a Galilea, para esconderse en un
pueblo desconocido de la montaña, llamado Nazaret.
¿Podemos imaginar un relato más
contrario a la escena ingenua e idílica del nacimiento de Jesús naciendo entre
cantos de paz, entonados por coros de ángeles, en medio de una noche
maravillosamente iluminada? ¿Cuál es el mensaje de Mateo al dibujar con trazos
tan sombríos los primeros pasos de Jesús?
Lo primero es no soñar. La paz que
trae el Mesías, la acción salvadora de Dios se abre camino en medio de amenazas
e incertidumbres, lejos del poder y la seguridad. Quienes trabajen por un mundo
mejor con el espíritu de este Mesías, lo harán desde la debilidad de los
amenazados, no desde la seguridad de los poderosos.
Por eso, Mateo no llama a Jesús
"Rey de los judíos" sino "Dios-con-nosotros". Lo hemos de
reconocer compartiendo la suerte de quienes viven en la inseguridad y el miedo,
a merced de los poderosos. Una cosa es clara: sólo habrá paz cuando
desaparezcan los que atentan contra los inocentes. Trabajar por la paz es
luchar contra los abusos e injusticias.
En ese esfuerzo, muchas veces
penoso e incierto, hemos de saber que nuestra vida está sostenida y guiada por
la "Presencia invisible" de Dios al que hemos de buscar en la
oscuridad de la fe. Así busca José, entre pesadillas y miedos nocturnos, luz y
fuerza para defender a Jesús y a su madre. Así se defiende la causa de Jesús.
martes, 24 de diciembre de 2013
UN DIOS CERCANO
Nos ha nacido un Salvador
Reflexión inspirada en el evangelio
según san Lucas 2,1-14
La Navidad es mucho más que todo
ese ambiente superficial y manipulado que se respira estos días en nuestras
calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que todos los artilugios de nuestra
sociedad de consumo.
Los creyentes tenemos que recuperar
de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir detrás de tanta superficialidad
y aturdimiento, el misterio que da origen a nuestra alegría. Tenemos que aprender
a «celebrar» la Navidad. No todos saben lo que es celebrar. No todos saben lo
que es abrir el corazón a la alegría.
Y, sin embargo, no entenderemos la
Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir nuestra alma al
misterio de un Dios que se nos acerca, reconciliamos con la vida que se nos
ofrece, y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.
En medio de nuestro vivir diario, a
veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la alegría. «No puede
haber tristeza cuando nace la vida» (S. León Magno). No se trata de una alegría
insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber por qué.
«Nosotros tenemos motivos para el jubilo radiante, para la alegría plena y para
la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre, y ha venido a habitar entre
nosotros». Hay una alegría que sólo la pueden disfrutar quienes se abren a la
cercanía de Dios, y se dejan coger por su ternura.
Una alegría que nos libera de
miedos, desconfianzas e inhibiciones ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se
nos acerca como niño? ¿Cómo huir ante quien se nos ofrece como un pequeño
frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los
hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un niño a quien podemos hacer
sonreír o llorar.
Dios no puede ser ya el Ser
Omnipotente y Poderoso que nosotros sospechamos, encerrado en la seriedad y el
misterio de un mundo inaccesible. Dios es este niño entregado cariñosamente a
la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada para alegrarnos con su
sonrisa.
El hecho de que Dios se haya hecho
niño, dice mucho más de cómo es Dios, que todas nuestras cavilaciones y
especulaciones sobre su misterio. Si supiéramos detenernos en silencio ante
este Niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura
de Dios, quizás entenderíamos por que el corazón de un creyente debe estar
transido de una alegría diferente estos días de Navidad.
domingo, 22 de diciembre de 2013
JESÚS ES PARA TODOS
Reflexión inspirada en el evangelio
según san Mateo 1,18-24
Antes de que nazca Jesús en Belén,
Mateo declara que llevará el nombre de «Emmanuel», que significa
«Dios-con-nosotros». Su indicación no deja de ser sorprendente, pues no es el
nombre con que Jesús fue conocido, y el evangelista lo sabe muy bien. En
realidad, Mateo está ofreciendo a sus lectores la clave para acercarnos al
relato que nos va a ofrecer de Jesús, viendo en su persona, en sus gestos, en
su mensaje y en su vida entera el misterio de Dios compartiendo nuestra vida.
Esta fe anima y sostiene a quienes seguimos a Jesús.
Dios está con nosotros. No
pertenece a una religión u otra. No es propiedad de los cristianos. Tampoco de
los buenos. Es de todos sus hijos e hijas. Está con los que lo invocan y con
los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno
en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.
Dios está con nosotros. No
escuchamos su voz. No vemos su rostro. Su presencia humilde y discreta, cercana
e íntima, nos puede pasar inadvertida. Si no ahondamos en nuestro corazón, nos
parecerá que caminamos solos por la vida.
Dios está con nosotros. No grita.
No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno,
lo hermoso, lo justo. En él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa
para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.
Dios está con nosotros. Cuando
nadie nos comprende, él nos acoge. En momentos de dolor y depresión, nos
consuela. En la debilidad y la impotencia nos sostiene. Siempre nos está
invitando a amar la vida, a cuidarla y hacerla siempre mejor.
Dios está con nosotros. Está en los
oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión
alentando su esfuerzo. Y en todos está llamándonos a construir una vida más
justa y fraterna, más digna para todos, empezando por los últimos.
Dios está con nosotros. Despierta
nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad. Fortalece nuestro
espíritu para no terminar esclavos de cualquier ídolo. Está con nosotros
salvando lo que nosotros podemos echar a perder.
Dios está con nosotros. Está en la
vida y estará en la muerte. Nos acompaña cada día y nos acogerá en la hora
final. También entonces estará abrazando a cada hijo o hija, rescatándonos para
la vida eterna.
Dios está con nosotros. Esto es lo
que celebramos los cristianos en las fiestas de Navidad: creyentes, menos
creyentes, malos creyentes y casi increyentes. Esta fe sostiene nuestra esperanza y pone alegría en nuestras vidas.
domingo, 15 de diciembre de 2013
HECHOS, NO PALABRAS.
Reflexión
inspirada en el evangelio según san Mateo 11,2-11
Lo que están viendo y oyendo.
Los expertos nos hablan de un
curioso fenómeno lingüístico propio de nuestros días. En pocos años se ha
extendido en las sociedades desarrolladas un lenguaje de carácter técnico,
aséptico y eufemista para hablar de quienes sufren problemas o enfermedades. Se
ha publicado incluso un diccionario políticamente correcto donde se nos indica
cómo designar a ciertas personas y colectivos.
Así, en la sociedad moderna ya no
hay pobres, sino gente «económicamente débil», no hay viejos, sino personas que
han llegado a la «tercera edad»; los ciegos son ahora «invidentes» y los
moribundos sólo «enfermos en fase terminal»; los que viven sin techo se han
convertido en «personas en situación de calle»; los negros son ahora afortunadamente «personas de
color» y las empleadas domésticas han alcanzado la dignidad de “asesoras del
hogar”.
Este lenguaje refleja, sin duda,
una actitud más respetuosa y cuidada hacia esas personas, pero puede favorecer,
al mismo tiempo, una postura más aséptica, distante y tranquilizadora pues, de
alguna manera, disimula el sufrimiento y la tragedia. No hemos de preocuparnos
mucho: se trata de problemas de los que se ha de ocupar el Estado, la Seguridad
Social o las instituciones.
Por eso, no es superfluo recordar
la advertencia cristiana: el amor al que sufre no consiste en usar palabras
correctas y amables, sino en ayudarle con obras. Lo dice ya un escrito
cristiano del primer siglo: «Hijos míos, no amen de palabra ni con la boca,
sino con hechos y de verdad».
La escena que narra el evangelio de
hoy es aleccionadora. El profeta Juan envía a sus discípulos para hacerle a
Jesús una pregunta decisiva: « ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que
esperar a otro?». Jesús no responde con un discurso teórico. Lo importante para
captar su identidad no son las palabras, sino los hechos. «Vayan a decir a Juan
lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los
leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres
se les anuncia la Buena Noticia».
Lo que identifica al verdadero
Mesías y a quienes le siguen es su servicio a los que sufren; no las bellas
palabras, sino las obras. El filósofo danés S. Kierkeegard comienza uno de sus
tratados con estas palabras: «Estas son reflexiones cristianas. Por eso, no se
habla aquí de amor sino de las obras del amor». Sencillamente genial. El amor
cristiano al que sufre no es un amor exhibido, explicado, cantado, exaltado. El
amor verdadero no consiste en palabras, sino en hechos.
domingo, 8 de diciembre de 2013
¡CON ALEGRÍA...!
Una singular experiencia... motivo de fiesta para la humanidad.
Reflexión
inspirada en el Evangelio según san Lucas 1,26-38
¡Alégrate... No tengas miedo!
El evangelista Lucas temía que sus
lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Lo que les quería anunciar no
era una noticia más, como tantas otras que se corrían por el imperio. Debían
preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios
estaba cerca, dispuesto a transformar su vida.
Con un arte difícil de igualar,
recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su
corazón para acoger el nacimiento de su hijo Jesús. Todos podrían unirse a ella
para acoger al Salvador. ¿Es posible hoy prepararse para recibir a Dios?
«Alégrate». Es la
primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena.
Hoy no sabemos esperar. Somos como niños impacientes que lo quieren todo
enseguida. Vivimos llenos de cosas. No sabemos estar atentos para conocer
nuestros deseos más profundos. Sencillamente, se nos ha olvidado esperar a Dios
y ya no sabemos cómo encontrar la alegría.
Nos estamos perdiendo lo mejor de
la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos
proporciona el bienestar. En el fondo, sabemos que es un error, pero no nos
atrevemos a creer que Dios, acogido con fe sencilla, nos puede descubrir otros
caminos hacia la alegría.
«No tengas miedo». La alegría
es imposible cuando se vive lleno de miedos que nos amenazan por dentro y desde
fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzadora?, ¿cómo
olvidar nuestra impotencia y nuestra cobardía para enfrentarnos al mal?
Se nos ha olvidado que cuidar
nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera.
Si estamos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra
confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño.
«El Señor está contigo». Dios es
una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos
en el cosmos. La humanidad no está abandonada. ¿De dónde sacar verdadera
esperanza si no es del misterio último de la vida? Todo cambia cuando el ser
humano se siente acompañado por Dios.
Necesitamos celebrar el «corazón»
de la Navidad, no su corteza. Necesitamos hacer más sitio a Dios en nuestra
vida. Nos irá mejor.
domingo, 1 de diciembre de 2013
CON LOS OJOS ABIERTOS
Reflexión inspirada en el evangelio
según san Mateo 24,37-44
Las primeras comunidades cristianas
vivieron años muy difíciles. Perdidos en el vasto Imperio de Roma, en medio de
conflictos y persecuciones, aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento
esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: Vigilad. Vivid
despiertos. Tened los ojos abiertos. Estad alerta.
¿Significan todavía algo para
nosotros las llamadas de Jesús a vivir despiertos? ¿Qué es hoy para los cristianos
poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos? ¿Dejaremos que
se agote definitivamente en nuestro mundo secular la esperanza en una última
justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes que sufren sin
culpa alguna?
Precisamente, la manera más fácil
de falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra salvación eterna,
mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora mismo en el mundo. Un
día tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo Juez: ¿Cuándo te vimos
hambriento o sediento, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te
asistimos? Este será nuestro dialogo final con él si vivimos con los ojos
cerrados.
Hemos de despertar y abrir bien los
ojos. Vivir vigilantes para mirar más allá de nuestros pequeños intereses y
preocupaciones. La esperanza del cristiano no es una actitud ciega, pues no
olvida nunca a los que sufren. La espiritualidad cristiana no consiste solo en
una mirada hacia el interior, pues su corazón está atento a quienes viven
abandonados a su suerte.
En las comunidades cristianas hemos
de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la
indiferencia o el olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión
para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está
permitido alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra
tranquilidad.
Una esperanza en Dios, que se
olvida de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, ¿no puede ser
considerada como una versión religiosa de cierto optimismo a toda costa, vivido
sin lucidez ni responsabilidad? Una búsqueda de la propia salvación eterna de
espaldas a los que sufren, ¿no puede ser acusada de ser un sutil “egoísmo
alargado hacia el más allá”?
Probablemente, la poca sensibilidad
al sufrimiento inmenso que hay en el mundo es uno de los síntomas más graves
del envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama
“una Iglesia más pobre y de los pobres”, nos está gritando su mensaje más
importante a los cristianos contentos de nuestro bienestar.
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